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A tu marca la leen mucho más de lo que la miran

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Hay un reparto de esfuerzo que casi toda marca nueva hace sin pensarlo: horas para el logo, para el color, para la tipografía —y las palabras se escriben a las carreras, en el momento, como relleno entre las cosas importantes—. El caption, el correo, el botón, la respuesta al mensaje, el "agotado". Se tratan como texto de paso. El problema es que ahí, en ese texto de paso, es donde la gente pasa casi todo su tiempo con la marca. Nadie contempla tu logo cinco minutos; pero sí lee tres párrafos tuyos, una y otra vez. La voz es la parte más usada de la identidad y, casi siempre, la menos diseñada.

Conviene decir qué es una voz, porque se confunde con dos cosas que no es. No es un vocabulario ni una lista de palabras prohibidas. Y no es el tono: el tono cambia con la situación —serio en un reclamo, ligero en un lanzamiento—, mientras que la voz es lo que se mantiene igual por debajo de todos esos tonos. Es la manera constante de elegir las palabras y el ritmo, de modo que todos los textos suenen a la misma persona aunque estén de distinto humor. El tono es la variable; la voz es la constante.

Y una voz no se puede pedir prestada. Es la tentación fácil: copiar el tono ingenioso del competidor que sí suena bien. Pero el préstamo se nota, porque una voz no es un estilo de redacción, es un punto de vista escrito. Una voz no se inventa; se destila de lo que la marca de verdad piensa. Cuando no hay una opinión abajo, ninguna cantidad de frases pulidas la reemplaza: sale un texto correcto que suena a cualquiera, que es otra forma de decir que no suena a nadie.

La prueba es la misma que sirve para el nombre. Tapa el logo, lee tres oraciones de tu marca: si podrían ser de cualquier competidor, todavía no tienes una voz, tienes texto. Una voz se reconoce con lo visual quitado —es lo que queda cuando apagas el diseño y solo hay palabras—.

Al final, esto es lo barato que casi nadie cuida. La voz no cuesta imprenta ni licencias; cuesta decidir cómo habla la marca y sostenerlo. Cuando cada mensaje suena a la misma persona, la marca se siente viva. Cuando cada uno suena a un becario distinto, se siente como un cascarón bien diseñado. Y un cascarón, por bonito que sea, la gente lo lee.

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